SE ESTÁN QUEDANDO GALICIA



En Galicia el sector de la pizarra tiene gran predicamento, no solo por la cantidad de yacimientos explotados en nuestra geografía, especialmente en la Comarca de Valdeorras, donde emplea a más de 2.500 personas, sino por la calidad del mineral y la arraigada tradición popular en su uso, que hasta tiene oficio asociado, pizarrero.

Y, como no, en Galicia teníamos un gigante empresarial que lideraba el sector con mano de hierro, Cupire Padesa. La centenaria empresa era el resultado del empuje de unos empresarios pizarreros que decidieron agrupar sus explotaciones mineras para ganar volumen en sus operaciones y mejorar su competitividad. No obstante las cosas no funcionaron y les devoraron las deudas asumidas por planes de expansión que no funcionaron. Hoy, la empresa, denominada Cupa Group, sigue siendo líder, mundial incluso, pero desde 2016 ya no es gallega, es del fondo de inversión norteamericano Carlyle, que lo mismo vende pizarra, alquila apartamentos en Tokyo o financia hipotecas en Brasil.

Y yo me pregunto ¿Cómo una industria tan apegada a la tierra, con tanta raigambre en nuestra cultura, que además es rentable en sus operaciones base, tiene que ser rescatada por fondos de inversión norteamericanos? ¿Cómo nadie fue capaz en Galicia de aportar las necesidades de capitalización que la empresa precisaba? ¿Qué ven estos fondos de inversión norteamericanos y canadienses en nuestros recursos mineros, que nosotros no somos capaces de detectar? La Pizarra es como el oro negro de la construcción. Tiene un potencial enorme en nuevas utilidades constructivas, para suelos o revestimientos interiores y crece en todo el mundo. De hecho las ventas de Cupa son un 80 %  exportaciones. Pero, pese a todo, no pudimos mantener la galleguidad de un proyecto que arranca de la tierra.  

La pizarra es un ejemplo, pero pasa en muchos más sectores. Es evidente que nos hacen falta, con urgencia, instrumentos y herramientas financieras para fortalecer Galicia. Tener una potente entidad de inversiones, bien tutelada por lo público, con fondos públicos-privados, que operase para salvaguardar sectores industriales gallegos y que fuese la alternativa a fondos privados extranjeros, otorgando beneficios, o ayudas, a las inversiones estratégicas realizadas en Galicia. Vamos, lo que hacen países como Irlanda, Escocia, Luxemburgo, etc... incluso lo que camuflan otras comunidades como País Vasco, Navarra o Cataluña, con fórmulas de cooperación público-privada, que aquí no cuajan, principalmente porque la clase política, todavía, no lo entiende y le gusta desenvolverse en el limbo de la pleitesía.

Como no seamos conscientes de la necesidad de fortalecer la capacidad de financiación gallega, una vez desaparecido el tejido de cajas y bancos que, durante décadas, sustentó nuestro entramado empresarial, estaremos desmontando nuestra tierra como un puzzle de oportunidades perdidas. Porque de experiencias como la de Alcoa, por desgracia, no se aprendió nada. 

Mientras tanto, los norteamericanos, chinos, japoneses y canadienses siguen llegando a Galicia para quedarse con las perlas que les dan la rentabilidad que sus fondos y accionistas reclaman, llevándose para sus países las utilidades financieras una vez exprimido el filón de turno, ayer la pizarra, hoy el aluminio, mañana la madera.

La globalización está muy bien sobre el papel, todo el mundo, de buena fe, piensa que es bidireccional. Pero no. Lo único que se mueve rápido y bien en ese ecosistema es el capital. Este sí es global. Y está en manos de depredadores de tartas de riqueza. Lo hacen con la industria agroalimentaria, con la minería, las telecomunicaciones, la energía, la construcción, la gestión de servicios públicos, los seguros, etc... Hoy en Galicia tenemos en manos extranjeras el aluminio, la pizarra, la piedra, la autopista AP-9, la eólica y hasta la Coca-Cola coruñesa, que nos la birlaron en una concentración de embotelladores europeos.

¿¡Hay alguien ahí!? 

Duele estimar las enormes cantidades de euros que salen de nuestra Galicia, tranquila y obediente, trabajadora y serena. Hace 40 años el dinero entraba en Galicia gracias a las remesas de los inmigrantes. Hoy los emigrantes se llevan el valor de la educación recibida y no retornan nada. De la mano de estos también emigra la rentabilidad que obtienen los fondos de inversión internacionales en nuestra tierra. No sé cuanto tiempo más aguantaremos, pero hace falta que alguien espabile, va tocando que alguien alce la voz para poner orden y cambiar el paso. Cientos de miles de millones de euros anuales en facturaciones de sectores industriales clave, en manos de fondos extranjeros. Como mero ejemplo el dato de la AP-9, que facturará 15.000 millones en peajes en los próximos 28 años y sus dueños son fondos de pensiones extranjeros, o la empresa de la gestión de la basura y limpieza de calles de A Coruña, que le factura dos millones de euros al mes a la ciudad y sus propietarios son chinos.

El abandono de la defensa de las capacidades de generación de riqueza de Galicia está siendo antológico. Tenemos el ejemplo más doliente en el sector agroalimentario: El bosque y la gestión de la madera, el minifundismo recalcitrante, la leche que exportamos para que otros transformen y valoricen, igual con el pescado fresco o con la carne, por poner solo algunos ejemplos. 

Eso sí, mientras tanto, Feijoo encantado con sus drones y sus equilibrios presupuestarios. Rodeado de palmeros, esos que siempre aparecen al superarse dos legislaturas con mayoría absoluta, en cualquier administración, de cualquier color. Que va bien la cosa, dicen...

Ojo con lo que está pasando, que nos quedamos como resort turístico-pesquero. Yo no quiero que eso pase en Galicia y algo habrá que hacer para evitarlo.

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